Aguantábamos el olor pestilente
de los cuartuchos resabios de los flujos y los reflujos de ellas sus reglas
puntuales en las menarcas resabios de las eyaculaciones de nosotros que no se
cortaban, en esos cuarto chiquitos de dos por dos donde apenas entraba una cama
doble plaza y una mesita de luz donde quedaban la palangana con un poco de agua
blanquecina por el jabón neutro que usaban para lavarnos y la ropa que no
sacábamos para hacerlo apenas los pantalones si los nervios no nos hacían
tiritar demasiado y algunas toallas pequeñas y mugrientas que hasta ellas
evitaban usarlas, y aguantábamos ahí donde las chicas trabajaban, en el bajo,
comedidas y solícitas por dos pesos la hora que quedaba reducida apenas a unos
minutos porque nos sacaban las energías rápidamente a nosotros que solamente
mirando esas carnes que desbordaban bombachas y corpiños fosforescentes ya nos
alucinábamos, eso si no arreglábamos por la francesa que nos dejaba exhaustos y
desmayados por varios minutos con la chupada no más que las dejaba con ganas a
ellas porque cuando nosotros terminábamos ellas estaban empezando y se ponían
pedigüeñas y querendonas, aguantábamos el olor del sexo a cada rato que no les
daba tiempo a airear esos cuartuchos que no tenían ventanas porque había
hileras de ellos casi seguro que para aprovechar con más cuartos los espacios
del lote del cafiolo que comandaba los burdeles de mala muerte, aguantábamos el
olor si total después, afuera vestidos y con composturas, suspirábamos como
saliendo de esos edenes.

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