De pronto se acabaron los
partidos de los sábados quedaron afuera las tardes en las canchitas de boca o
de Belgrano ellos cerraron los predios con alambrados y pusieron vigilancia en
los accesos y controlaron los horarios y los pedidos de los que iban esos días
a jugar sus picaditas y se quedaban después chupando como hasta las once de la
noche cuando delirantes del pedo volvían tambaleando a sus casas, se acabaron
las siestas de timbas y coqueadas en la sirio libanesa cuando los muchachos se
libraban por unas horas de sus brujas y se ponían a comentar de los partidos o
de sus aventuras sin nadie que los jodiera porque los mozos eran unas tumbas de
silenciosos y prudentes que eran se acabaron los trucos en los cuchitriles de
las salitas del club de los turcos, de pronto se acabaron las noches de bochas
en el club recreativo donde iban los más veteranos y se pasaban horas arrimando
los bochines y chupándose unos tintos viendo pasar el tiempo sin apuros
gastando los vueltos de sus jubilaciones que los parientes administradores les
entregaban en cuentagotas porque se guardaban los restos para comprarles los
remedios y andar de putas por el bajo, de pronto se acabaron los sapos que mitigaban las pachorras de los
atardeceres de los domingos que eran los días más tristes en el ingenio porque
todos se guardaban en cuarteles de invierno porque al otro día sonaban
puntuales las sirenas marcando los turnos en los que había que estar sí o sí
para que no cayeran los carteros a la puerta de las casas con las
notificaciones de personal, se acabaron las vituallas a quien más a quien
menos, es que los milicos que habían llegado en esos días del setenta y siete
dijeron que había estado de sitio y toque de queda que esas eran las ordenes
que llegaban y aunque nadie les entendía de qué hablaban estaba más que claro que
por un tiempo las jodas quedaban reducidas.

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