Y aquellos ojos verdes serenos
como el lago se repetía una y otra vez en el estribillo pegadizo en ese disco
rayado que daba vueltas en el tocadiscos desde las cinco de la mañana hasta las
doce de la noche, con el ruido de la púa de fondo mientras él lomeaba concentrado
encima del tablero de dibujo trazando las líneas del último plano de las
plantas y los perfiles de alguna casa de esa casa que le tocara diseñar en
dibujos que tenían que estar perfectos al milímetro, trabajos comprometidos a
un cliente que le servirían para estar mejor copiando el original con tinta
china los tiralíneas y la regla te sobre el papel transparente que luego
reproduciría para dejar copias en todos lados en la municipalidad en la oficina
de catastros, copias en el tubo de metal embebido de amoníaco del que salían
reproducciones violetas de sus trazas perfectas en papeles vegetales que
costaban un ojo de la cara, aquellos ojos verdes de besos y ternuras, él se
entusiasmaba con las dulces palabras del negro y ella lomeando y fregando con
franelas y plumeros sobre el polvo amontonado sobre los muebles echaba espumas
por la boca impotente de la bronca porque se daba cuenta que los ojos verdes no
eran los de ella que al contrario eran marrones oscuros y que los besos y las
caricias tal vez viajaban con las ideas hasta algún nido diferentes al que le
tocaba a ella con dos críos chiquitos que si no fuera por ellos no lo hubiera
aguantado a ese que era un buen hombre hasta que se enganchaba con alguna
pollera aquellos ojos verdes se entusiasmaba él y en ella se levantaba una
fobia negra, más que negra.

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