Quedaron los
lapachos florecidos pintando de rosa blanco morado o lo que sea un pedazo del
cielo transparente por lo menos hasta donde da la vista de esos pequeños que
anduvieron en un tiempo sin mirar demasiado ni para arriba ni para abajo solo pedacitos de mundo sus mundos en sus rayuelas, quedaron los lapachos florecidos apenas un par de meses o un poco más de un par de meses adornando los bulevares de la entrada del ingenio de las calles en la esquina de paulina y
florida, de los rincones salvados del cemento, quedaron como están siempre
cuando les toca la cercanía de la primavera que los favorece, quedaron dando sombras
menos en los otoños o en los inviernos cuando se ponían mustios y ensombrecían el
pueblo que parecía más planchado con sus obreros que pedaleaban cada día con sus
bicicletas en los cambios de turno afiebrados o contentos, quedaron los
lapachos como quedaron los paraísos y los sauces llorones a la vera de la
pantalla en otras calles o en las mismas calles mezclados cortando un pedazo de
esa inmensidad de cielo que era como es y seguirá diáfana cuando no se viene el cielo abajo con
las tormenta de Santa Rita, quedaron los lapachos pintando de rosa el techo de
los paseos la entrada en la Wolman o en la Dorrego algunos ángulos de las dos
plazas del pueblo donde unos inadaptados destrozaban todas las veces que pudieron los resbaladeros y los trancabalancas y otros inadaptados mearon las estatuas
coloreadas groseramente con grafitis de porongas y conchas y cuernos, quedaron
los lapachos dando vida a toda aquella inmovilidad de la desidia de la
depredación de los educados del pueblo más bien de los maleducados, quedaron
para las fotos que año tras año les sacaba o seguirá sacando algún poeta melancólico que los mira
en sus tamaños, que se ponen mejor cuando los niños distintos cada año,
llenan los lugares de bullicios de inocencias hasta que comienzan con sus maldades de hondearlos, como fueron esos niños que
fuimos.

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