Había que esperar a que se les
diera las ganas a la marchantas a la verduleras que llegaban con sus carritos
de mano cargadas de frutas y vegetales casa por casa había que esperarlas media
mañana, hacer la guardia en la lechería para hacerse de un par de litros había
que tener paciencia a Juan el carnicero hasta que preparaba todo para comenzar
sus ventas todo antes del mediodía y encima había que cumplir con el trabajo y
las cosas de acomodar y limpiar la casa, así que después de unos años de
repartirse las tareas contrataron un par de muchachas para que las hicieran,
pero con todo lo que le buscaban la vuelta cuantas veces discutían cuantas
veces terminaban enredados en la cama fornicando, jadeando en intervalos breves
o espaciados según lo que les duraban los momentos de calma que eran menos que
los momentos de despelotes, terminaban y empezaban con los reproches los gritos
los reclamos, no habían hecho una pareja que no tenían ni un sí ni un no al
contrario vivían discutiendo por sus opiniones punteadas y cada desplante de él
era un escándalo de ella después de todo ella también colaboraba con parar la
olla y en eso él no le podía decir nada, lo único que los unía además de sus
juegos secretos eran los dos vástagos que le vinieron en los primeros años y
era el pretexto de ellos para quedarse juntos no agarrar las valijas por su
cuenta y buscarse nuevos destinos, como el aceite y el agua de viscosidades y
pesos diferentes eso eran, como la sal y el azúcar eran las opiniones y los
gritos y las defensas que hacían de sus convencimientos sin ceder en lo más
mínimo, tofo por ellos que los niños seguramente si hubieran podido explicarlo
hubieran agradecido, aunque dijera uno blanco lo que para el otro era negro ellos
estaban unidos por los niños que seguro los hubieran querido ver separados.

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