Jugaron los niños todas las veces
que quisieron en esa rayuela en escala real que comenzaba en la rotonda del
almacén grande y terminaba en las proveedurías que eran para los obreros de la
fábrica para que no se mezclaran con las de los empleados que estaban como a
dos cuadras detrás de la parroquia, jugaron esa rayuela donde la tierra estaba
del lado donde comenzaban ellos y el cielo de la misma manera donde se les
ocurría en cualquiera de los extremos donde terminaban lo que empezaban cuando
salían de la escuela cundo llegaban los feriados o los fines de semana,
corriendo por la manzana del correo o perdiéndose en la curva larga de la sala
del ingenio que terminaba en el portón que había que cruzar para ir a barro
negro, jugaron los niños a las escondidas a disfrazarse en los carnavales y
entrar con sus murgas a los corsos donde todos se divertían descubriéndose
porque por muy disfrazados que estuvieran el pueblo era chico como el infierno
grande, en ese bulevar de la avenida libertad de baldosas de piedra y faroles
inmensos que de noche se encendían con lamparitas que daban luces mortecinas
que hacían lúgubre un paseo donde los más grandes se ponían a franelear
aprovechando sombras y soledades, jugaron los niños hasta que se hicieron
grandes y cuando vuelven de viejos también siguen otros niños jugando, tal vez
ellos mismos que por ahí se quedaron.

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