La minas de la luz roja vivían
quebradas entre el diezmo de los fiolos que pululaban con la sanata que era
para protegerlas de los vivos que les quisieran hacer pisar el palito con eso
de pasar de novios y prometerles de todo antes de coger y después se hicieran
los otarios, con esos estipendios y el alquiler que todos los días le rendían
al dueño del boliche que les cobraba un derecho por uso de las camas desvencijadas
de los cuartuchos donde se encerraban con los clientes y el servicio que
prestaban dos empleadas que día por medio ponían en jabón y lejía las sábanas y
las toallas con las que las chicas se higienizaban e higienizaban a sus
clientes de cada hora, directamente quedaban quebradas porque después apenas
les alcanzaba para pagar los alquileres donde vivían, comprar los remedios y
pagar los servicios de los doctores que cada quince días las revisaban para que
no anduvieran contagiando ni contagiadas de gonorreas ni sífilis, y comprarse
un par de pilchas y las pinturas y delineadores que les permitían verse mejores
a medida que pasaba el tiempo y las tetas se caían y los culos perdían las
forma con el paso de los años, vivían quebradas las minas pero guerreras como
eran guardaban su ahorros en pañuelos que escondían en los cajones de sus
cómodas desordenados disimulados entre bombachas perfumadas y corpiños que ya
no usaban, quebradas vivían hasta que se casaban con algunos de los obreros y
empleados del ingenio que eran habitués de la luz roja que les prometían
bajarles el cielo pero apenas les bajaban una prole que armaban después de los
abortos que buscaban y de andar renegando por las quiebras de esas ganancias
que ellos les decía que era ganarse la bendición una familia.

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