Ellos salían cuando estaban
embebidos de las mezclas de fernet con coca saturados de cerveza sin enfriar y
de whiskys baratos acumulados con los vasitos de vinos que se tomaban en medio
de sus comilonas que en cantidad eran para bestias como ellos de espaldas
anchas y panzas que pintaban a guatas ensanchadas y entonces, en medio de todo
se hacían unas rondas cebados y entonces deambulaban por las calles rumbeando a
la luz roja como a las doce de la noche al cuchitril donde ellos decían que los
esperaban las chicas ansiosas por las simpatías y los billetes que emanaban de
ellos y esos mangos que desbordaban sus bolsillos donde tenían sus tesoros en
bolitas desordenadas que eran sus protecciones para no perder ninguno cuando
pagaban, ellos salían de sus templos de hupes y de jodas en esos momentos y
entraban furtivos a la pista de la luz roja después de correr las cortinas
floridas de la entrada teñidas con la luz de los focos rojos como las sangres
colocados sobre dos lamparitas encima del mostrador desde donde un fiolo
vigilaba a conocidos y desconocidos, y entonces ellos hacían cerrar el negocio
arreglando con el patroncito que les sacaba un ojo de la cara que ellos pagaban
para recibir las atenciones de las chicas que se dejaban tocar lo que ellos
quisieran hasta las cinco de la mañana comedidas eran predispuestas a
engancharse con alguno y de vez en cuando si les gustaba las partidas hacerse
una buena francesa, cuando quedaban desmayados en las sillas durmiendo la mona
sin darse cuenta que en punto las chicas les daban la espalda.

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