Si les ardía y la pis con la pus de la gonorrea les
producía picazones y ellas se rascaban una y otra vez apenas disimulando
mientras andaban por los salones si las ladillas fuertemente adheridas a los
pendejos de sus conchas moviéndose también las desesperaban por picazones insoportables,
si tenían un resfrío de la puta madre o si un pariente se había descompuesto o
directamente fallecido, las chicas de la luz roja tenían que pasarlo con la
misma sonrisa con la misma disposición de todos los días revocadas disimuladas
las arugas de mala sangre por polvos y pinturas que les salían un ojo de la
cara, con su mejores atracciones porque eso era el prestigio del boliche ahí
estaba el propios negocio que se mostraran lindas y sensuales aleccionaban a las
doncellas los cafiolos cada noche de juerga esperando las carradas de borrachos
que caían después de las doce de la noche a dejar sus sueldos y aguinaldos cada
quincena las mismas cantinelas ellas tenían que acostumbrase a mostrar siempre
las mismas predisposiciones y acordarse bien los nombres que elegían cuando los
elegían porque esos eran sus nombre en esas noches para que nadie pudiera
conocerlas cuando todo volvía a la normalidad es decir durante el día, si había
una pierna o un pies con esguinces, un hijo pequeño con tos convulsa, lo mismo
daba ellas tenían que dejarlo con cuidadoras que se quedaban con la mitad de lo
que ellas sacaban por jornada y estar presentables para los clientes que para
eso les pagaban, sin quebrarse sin estar impresentables.

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