Las chichís se perfumaban y se
acicalaban cuando les llegaba la hora de esperar a los paganini que llenaban el
cabarute la luz roja con una puntualidad que algunos de ellos no tenían ni
siquiera en sus trabajos, ahí donde todos concurrían a medianoche para quedarse
hasta cuando despuntaba el alba y se cruzaban de vuelta en las calles con los
trabajadores que pasaban para la fábrica al turno de las cinco de la mañana, las
chichís se pasaban horas intercambiando las pilchas intercambiando también las
ideas sobre si pegaban los colores y las otras combinaciones pero como en un
ritual terminaban después de cambiar musculosas apretadas de las que
desbordaban sus tetas ampulosas con minifaldas de colores vivos que les dejaban
mostrar las hilachas mostrando también pedacitos de sus vistosas bombachas y
sus corpiños con alambres y alambicados, ellas se esmeraban cuando llegaba el
momento en que los otros venían a gastarse lo que les quedaba del sueldo a
bailarse unas cumbias y a chupar hasta el cansancio entonces ellas se tiraban
frascos enteros de perfume encima que compraban barato en los mercados de
pulgas y desodorantes para sus afeitadas axilas sus conchas lo culos que eran
donde los otros los clientes más metían sus manos y sus narices por meter sus
bocas en las noches de festicholas, ellas se intercambiaban collares y anillos
que se oxidaban de ordinarios con perlas falsas que a la luz ablana aparecían
como las joyas más lujosas del mundo, las chichís se perfumaban igual que los
paganini que caían con sus jopos recién armados y fumando particulares, todos
impecables hasta que alguno contagiaba la sífilis que corría como reguero de
pólvora porque alguna de las chichís tenía el carné sanitario vencido y encima rudimentaria
anduvo garchando distraída.

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