Los dientes blancos
como el marfil, blancos y nacarados, sin una mancha gracias al Dr. Pérez que
todo lo torpe que era se le desaparecía como por arte de magia con la nena de
su amigo y vecino de toda la vida el inefable chocho, los dientes sin las
encías inflamadas ni las mínimas sangrías para todo que a veces ese gordo le
sacaba a los coyas cuando los atendía en el hospital del ingenio, funcionaban
las sugerencias si la salida no era de Olga en estos casos era del comedido
doctor que en las noches alumbradas de lunas de veranos más que de los
inviernos entraba en trances de borrachos con su amigo después de la enésima
picada que inexorablemente se notaba se depositaban en sus panzas infladas, los
cabellos negros y lubricados los bucles azabaches y las trenzas de las semanas
escolares que bajaban hasta la blanca y almidonada camisa que apenas pasaba la
cintura cayendo sobre una falda corta y escocesa, sin pelos desordenados ni
puntas quebradizas gracias a doña Blanca la peluquera del pueblo que la atendía
personalmente a la nena cuando no estaban las mujeres de los patrones en
retribución a los generosos y abundantes estipendios que pagaban sus padres, sin
los mínimos y delicados vellos quemados por descuidos con los secadores
imponentes como a veces les pasaba a las chismosas mujeres de los empleados que
iban los sábados a la tarde por sacar el cuero nomás a las que no estaban y ni
se enteraban lo que la otra les hacía, todos sumaban a la extrema belleza de la
doncella que crecía atravesada por las poses mandonas de una mamá que la quería
perfecta y un papá que más que denostarla la consentía y le soplaba al oído que
no se preocupara que cualquiera es imperfecto.

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