Y así nomás de
golpe, de un día para el otro, de solo estar un día terminado el desarrollo o
en el medio vaya alguno para arriesgar una quimera a la niña comenzaron a
circularle los calores de abajo para arriba, por la entrepierna le bajaban los
líquidos viscosos que en momentos solitarios y en medio de rubores secaba con
sus dedos pulcros con las uñas arregladas mientras se acariciaba las piernas
tibias transportada en sus placeres incompletos siempre que estuviera solitaria
siempre que ninguno de los que la vigilaban la estuviera mirando, y de
alborotada tomaba cartas en el asunto de corazones y las iniciativas con cuanto
acompañante la visitaba, chicos del barrio del centro donde viví compañeros del
colegio compañeros de compañeros o amigos de los hermanos, con ellos en
cualquier rincón de la casona a la hora que fuera esas urgencias parecían para
ella más importantes que las urgencias de comer o de hacer las tareas para el
colegio para que las monijitas no anduvieran diciendo después que no entendían
cómo de ser la mejor alumna del colegio fuera ahora la peor con las peores
notas, en cualquier pasillo o galería favorecidos con las sombras momentáneas
del sol que nunca deja de cambiar en sus recorridos, la niña se apretujaba con
el trovador que le tocaba confundida en abrazos y estremecimientos que la
calmaban unos segundos porque a los segundos siguientes volvían sus ganas,
jovencitos que confundidos se cuidaban de las miradas de Olga o de su marido el
chocho que andaban vigilando la virginidad de la nena hasta que apareciera
alguno de buena familia con una propuesta que los colmara, a ellos con los
calores de la niña les llegaban los dolores de reumas que les aparecían con las
ocurrencias de ella.

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