Vulgares le parecían o eran los
pretendientes y vulgares lo modos de la tía Olga cuando tenía que aguantarlos
en el zaguán de su casa, cuando la princesa se tomaba las atribuciones de
invitarlos a pasar al living de la casa en medio de esos sillones inmensos y
mullidos que parecían camuflados con las paredes pintadas de óleos de mal gusto
para ella pero no para el tío o la tía que lo cuidaban más que a otras
habitaciones porque ahí estaba el piano de la abuela materna que ya no lo
tocaba ni lo tocaría, vulgaridades y vulgares los desplantes con los galanes
que desfilaban todas las tardes después del colegio los sábados a la tarde y
los domingos desde las diez de la mañana, atrevimientos de vieja que el tío
chocho tenía que arreglar después para no ver lagrimeando a su nena que los
aceptaba a todos en los filtreos en tiempos peligrosos cuando los milicos
sabían vida y obra de todos los de la ciudad de las ciudades, vulgares eran sus
modos pero modos de convenida porque bien que sabía que en medio de todo ese
montón de ordinarios enamorados podía pasar alguno que valiera la pena por
alcurnia o abolengo y no fuera cosa que se les escapara, en tiempos en que era
fácil confundirlos o confundirse en tiempos que era difícil acertarle, no fuera
que algunos fueran de la más rancia sociedad aunque eran más zurdos que los
mismos zurdos como los negritos quiscudos más derechistas que los más rancios
conservadores, cuando los milicos se metían en las vidas de todos y cuando no
les gustaba la cara de alguno se lo llevaban y le abrían expedientes en
averiguación de antecedentes.

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