Afuera quedaba la luz roja que en
la calle indicaba la entrada y adentro unos cuantos anaqueles en la sala y las lucecitas amarillas que le daban a
las cuatro paredes de los cuchitriles el halo de calidez que ellos buscaban
pasmados apenas se les pasaban sus resacas de wiskis ordinarios o licores de
menta para poder hacerlo sin pasar la vergüenza en rubores de siempre que las
otras ni notaban y era que terminaban escuchando el reclamos de ellas que tanto
lío para terminar tan rápido, sin tinos
por sus ignorancias y sus temores de hacer lo que no debían con lo que más
deseaban en el mundo que era zambullirse en esos pliegues sin armonía de las
cinturas de las ninfas descansar en esos pechos inmensos aunque fueran fuertes
los olores que deambulaban por las nubes invisibles de esos universos sin
corrientes que airearan el cuarto donde ellas lo hacían varias veces en la
noche, afuera quedaban las lloviznas persistentes de los inviernos inclementes
las hijas desparramadas por vientos de otoños y adentro esas lucecitas
amarillas que disimulaban las mugres en las sábanas de las catreras y los
juegos de toallas amarillentas que ellos no iban a ver entusiasmados porque
ellas los dejaban pasar sus manos por nalgas inmensas enfundadas en bombachas con
puntillas que ni siquiera se sacaban con ellos porque ellos andaban
descubriendo lo que no conocían entre penumbras y los ritmos de los tres
borrachines de la orquesta que mezclaban mambos y tangos para empalagarlas a
ellas y ellos para que lo hicieran todas las veces que fuera posible porque ahí
estaban sus ganancias, a ellos se les pasaban las tristezas con las alegría de
ellas y a ellas las alegrías de días con sus propias tristezas de hacerlo
aunque no tuvieran las ganas.

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