A esas horas tempranas unas salían de donde las otras no entraban en sus vidas y las otras entraban de donde no salían nunca, salían otras entraban o
caminaban para entrar unas comenzaban a caminar en dirección a sus domicilios a
sus pensiones cercanas las otras salían de las mismas casitas del barrio
docente que habían podido comprar en las cercanías gracias al flaco Marcial que
les enseñaba a guardar unos pesitos día a día ahorrando para cuando llegaran
las épocas de las vacas flacas porque no siempre es carnaval les recomendaba
cuando repartía las ganancias que las chicas le dejaban con sus incontables
fornicaciones, unas comenzaban a volverse las otras iban llegando para el lado
de la iglesia las otras para sus hoteles después de noches ajetreadas, apenas
se terminaban el barullo y los gritos de los últimos curdas que salían de la
luz roja a los empujones porque no los podían convencer que se fueran con la
madrugada y por sus propios medios porque llegaban los canas y copaban a las
minas cansadas entregadas de piernas abiertas una vez más pero ya sin cobrarles
un mango una vez más para que las liberaran rápido de revisar sus carné
sanitarios y las habilitaciones comerciales del boliche que además daban los
empleados que también eran clientes, apenas comenzaba a pintarse el sol en el
horizonte rojizo en los veranos o en las líneas azul violeta del cielo con
bruma en los inviernos, se iban terminando esos ruidos y las mujeres pasaban
con sus pañuelos atados a sus cabezas ocultando sus rostros y rosarios en sus
manos como si fueran rezando, esa procesión de viejas comenzaba a desfilar para
el lado de la iglesia a la misa de las siete, el cura lo tenía calculado porque
las primeras le caían quince minutos antes de comenzar la misa en el latín
incompleto con el que la oficiaba y lo ayudaban con los ornamentos del altar y
con los hábitos de la liturgia que tocara, eran mujeres que no se inmutaban con
todos esos ruidos eran viejas meretrices que ya habían lavado sus pecados a
costa de horas enteras de confesiones con el cura que paciente las escuchaba
como a las otras que aunque ausentes de la misa, él sabía que a la larga o a la
corta ellas las otras caerían un día por la aparroquia, las que daban presente
en el quilombo y las que terminaban dando presente con el curita para ayudarlo
con sus mambos y las limosnas.

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