Como en el cementerio igual que
en el cementerio en el boliche todos se recortaban iguales en las sombras
rojizas de las mesas alumbradas con penumbras rojas también o anaranjadas
cortadas por azules según fueran los colores de las bombitas de luz diseminadas
por los salones y los pasillos, por haces de luces lejanas que indirectamente
pintaban a las chicas y a los hombres de cuerpo entero mientras charlaban
mientras bailaban esas cumbias anodinas o esos tangos tristes que encaraban los
tres músicos que oficiaban de orquesta, a ellas las luces rebotando por detrás
de los brillos de las lentejuelas mal cosidas de sus apretados vestidos que
exageraban sus contornos en rollos que se amontonaban a la altura de los pechos
y las barrigas a ellos en sus pilchas de salidas de gala con camisas de seda de
colores fluorescentes y pantalones ajustados a las cinturas y botas anchas como
oxford que desbordaban sus zapatos con plataformas, allá no había diferencias y
las diferencias que salían se daban lo mismo que se daban en las calles aunque
fueran las cosas iguales y se veía en las miradas de los concurrentes igual que
en la luz roja, sin el murmullo todos iguales con los comentaros en voz baja
todos diferentes, los niños bien como los otros que se gastaban jornales
enteros para tocar unas tetas o entrarle por atrás a las chicas comedidas, iban
también a conocer los que luego les mostrarían esposas mojigatas con ganas
igual que las meretrices que ellos depreciaban después de los favores, de esas
chicas que estarían haciendo las despedidas de sus vidas de solteras en cenas
frugales a sabiendas que sus futuras cónyuges aprendían todo lo que a ellas les
gustaba que les hagan en las catreras matrimoniales, los chicos bien portándose
mal con las mujeres de la luz roja los chicos mal portándose bien con chicas
pudibundas que se sonrojaban pensando en los querían en sus noches de bodas.

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