Ni se acordaba la doncella de la
última vez que había jugado a la rayuela sin que nadie le levantara la voz la
mandara de compras de las compras de la casa, la última vez que había jugado
saltando la piola sin que nadie la moleste o sacudiendo las piedras de su
payana de pobre antes que su padrastro fornicara con ella y después con su
madre que lo apañaba vieja de mierda que habrá tenido una vida parecida, ni se
acordaba de cuando ella pasó sin estaciones intermedias sin guardabarreras de
no entender nada a entender que los varones como el hediondo de su padrastro se
filtraban allá entre sus piernas pero también entre las piernas de cualquiera
que se las abriera para llegar allá después de las primeras veces, gastaban lo
que no tenían y le bajaban el cielo a cualquiera como a ella que no les
importaba nada ni lo más mínimo, ni se acordaba la princesa del remoto y puto
día que su madre amordazada por sus propis calenturas y el hambre tomaba el
vinito con la bestia mientras la bestia cada vez que se paraba cuando se le
antojaba cuando iba y venía del baño a mear, pasaba y la violaba y encima a
ella le molestaba mucho pero a veces le daban ganas que esa cosa inmensa se
fuera en espasmos en eso pero que también ella los sentía, ni se acordaba la
ninfa de esos días de su vida de mierda de cuando conoció a las chicas de la
luz roja que le enseñaron cómo era ese trabajo, qué importante que era no
involucrarse con ninguno de los pajeros que vienen que hay que tener presente
que eso se hace por plata y que donde se come no se caga, en la noche más que
en el día, porque ni se acordaba la sirena de cuándo comenzó a sentir vergüenza
de andar a la luz del día de cuándo ella comenzó a encenderse de noche.

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