Como a Drácula a las chicas les
molestaban los rayos del sol, y de las luces incandescentes de las mañanas que
tenían que salir obligatoriamente por las cosas de ellas, ir al consultorio de
los doctores en las salitas de atención de la salud para que las revisaran
auscultándoles la concha y la garganta y a veces cuando ellas lo pedían el culo
para asegurar que no hubieran pescado una infección de los infelices mugrientos
que porque tenían unos pesos de más que no les mostraban a sus mujeres para
gastárselo con ellas pidiendo que se las chupen y que querían meterla por atrás
y todas las inmundicias que se les ocurría, se creían que podían andar por los
pasillos del quilombo haciéndose los presuntuosos porque creían que con las
platas que les sobraba compraban todo lo que se le ocurría, no estaban
acostumbradas las doncella a pasear por las calles en las mañanas o en las
auroras tempranas de las siestas infernales que mucho en el pueblo dormían
porque era una forma de lidiar con el infierno de calores de cuarenta, como a
Drácula les molestaban los rayos de luz y el sol mientras estuviera, ellas no
querían que los rubores se notaran ni se notaran los moretones de los cafiolos
que las fajaban reclamándoles que no se involucraran como los clientes que esos
pajero o tenían que saber nada de sus
vidas que para eso estaban entrenadas y todas las barbaridades que tenían que
escucharles, les molestaban que las vieran deambulando de los médicos de la
salitas a la casa blanca a comprar alguna pilcha o pasar por el porvenir a
buscar una mesa de luz o una mesa ratona para adornar los cuartos donde los
recibían a los otros, en medio de las oscuridades de la noche cortada con
alguna bombita de luz de colores vivos, ahí ya se sentían mejor cubierta por
las luces y sombras de la noche que era enteramente de ellas.

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