Tilingo, decía de alguien y todos repetían como si estucieran en cuclillas, tilingo, decían como en los aleluyas se ufanaban todos los
que estuvieran cerca, mentecato, agregaban los obsecuentes buscando con rapidez
los seudónimos que confirmaran las sentencias del ingeniero que eran sucintas
cuando largaba una de esas frases matadoras los chupamedias las aprobaban
cayera el que cayera que eran muchos en el pueblo los que caían en desgracia
porque se le daba la gana al patroncito que venía una vez cada quince días a
ver cómo andaba esa caldera del diablo, nadie se animaba a o desmentirlo a desmentir
la sentencia lapidaria con ningún argumento, nadie decía esta boca es mía cada
vez que venía la cosa con un epíteto terminaba en un despido con justa causa o
en un buen arreglo pero con el tipo en la calle para que se fuera a buscar
empleo adonde quisiera menos en el ingenio o sus alrededores porque los
condescendientes entendían todas las señales del capo entonces agarraban los
teléfonos y los teletipos por su cuenta y lo incendiaban al pobre diablo allá
donde pudieran, para que aprendiera que no se muerde la mano del que da de
comer, desde el gringo al chofer del carabela que usaba la empresa para los
viajes a la tacita de plata con los trámites del día cuando eran las cosechas
por los contratos de los coyas en los recesos para reponer las existencias en
la fábrica de cosas que se usaban en las caldera, díscolo, repetían todos al
unísono, turbulento de lleno de tener la panza colmada de asados y cervezas y
la cabeza desviada para atender a cualquier pelotudo que caía con un nueva para
hablar mal de la empresa, revoltoso, si el ingeniero lo decía una andanada de
epítetos inundaban el aires en la administración del ingenio, y todos se
preparaban para matar al mensajero.

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