Parecía lo que no era aunque
fuera lo que no parecía, mostraba fortaleza cada noche enfundado en sus trajes
blancos que resaltaban camisas negras y corbatas blancas como la leche mientras
se tambaleaba dando vueltas por el boliche supervisando todo para que todo
saliera como quería, cuando tuvo treinta parecía de cuarenta y cuando tuvo
cuarenta arecía de sesenta y a las chicas que eran coquetas eso les dolía
porque ellas que algunas eran de cuarenta se maquillaban para parecer de veinte
y entre ellas se prodigaban las mejores alabanzas y entonces jugaban con eso de
quitarse unos años que tanto se los quitaban que al último ni se acordaban de
sus edades en los consultorios de los doctores que las revisaban y les daban su
carné sanitario una vez por mes, pero verlo a él así les dolía y se preocupaban
por hacer algo y verlo diferente, las resacas del flaco Marcial se fueron
haciendo peores y las chicas desesperadas no encontraban las formas de
mitigarlas aunque lo dejaban hacer lo que al final quería y era que cada noche
terminaba en la cama de una de ellas que eran sus mujeres durmiendo como un
lirón con hipo permanente y unos eructos que impregnaban las piezas con olor de
licores mezclados con el tufo rancio de vomitadas de vino y de sangre que le
venían porque chupaba como ladrillo de segunda y fumaba como el equeco, ahí
terminaba siquiera sin hacerles el amor en el último polvo que ellas se echaban
resignadas y terminaban si él las visitaba así vinieran de una noche trajinada
y ajetreada, era la liturgia para ellas que el flaco quedara rendido en medio
de sus tetas o la cabeza encima de sus entrepiernas pegajosas cerca de sus
vulvas, durmiendo como un bebé extrañando no estar adentro, él las protegía y
ellas lo cuidaban como él mismo las cuidaba porque cuando había que poner la
plata con el intendente para que no mandara a los del departamento sanitario a
joderlos con las habilitaciones o untar a un inspector que se ponía muy pesado
cuando coimeaba y comenzaba a recitar y a nombrar artículos y también incisos
de ordenanzas desconocidas, ahí estaba el flaco negociando con el vaso de wiski
en la mano y las promesa de una noche lujuriosa con alguna de ellas, una cosa
era él y lo que él sabía que quedaba de él y lloraba el flaco cuando estaba
demasiado mamado porque él sí que no tenía herencia porque estaba convencido
que era un huero de mierda.

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