Pocos eran solo él el gringo de
la oficina de personal y el ingeniero, pocos eran los del pueblito los que
sabían todo lo que se venía cortar cabezas siguiendo los legajos hacer
telegramas de despido con justa causa a los revoltosos, un registrador, un
amanuense de esos que no hablaban ni escuchaban anden por donde anden, ciego
sordo y mudo uno que le llevara la agenda el cuaderno Rivadavia de cien hojas
de él que era como buen militar demasiado puntilloso para redactar los partes
diarios y los informes que salían para la guarnición, más con las
recomendaciones que había recibido de la superioridad de investigar a fondo una
por una de las vinco mil almas del pueblo los que tuvieran de dieciocho años
para arriba y algunas excepciones, de investigar y de proceder con los
sospechosos con las solturas del estado de sitio y el toque de queda que no se
exceptúan de las averiguaciones de
antecedentes para empezar y de lo que sabrán hacer en villa Gorriti donde los
que volvían lo hacían y volvían como una seda curados de espanto, seditas
volvían entrando y saliendo de sus listas, un maestro eso es lo que el mayor
necesitaba, un secretario que ni fu ni fa que no debiera ni que le debieran en
el pueblo gratinado al que lo asignaron para que los iracundos aprendieran aquellos
que no se caga donde se come y eran muchos los renegados porque esos marxistas
andaban haciendo de las suyas con los otarios que pillaban para sabotear en las
fábricas y en el campo los bienes propiedad privada de la empresa, un tipo
impermeable, que le llevara todos los registros con discreción y que tuviera
disciplina para cuando él le dijera que su misión se acabó, hábil para hacer
desaparecer los papeles, alguien que lo acompañara sin decir esta boca es mía
cuando decidiera entre la vida y la muerte de esos imbéciles que luchaban por
las ideas, los que estaban a la izquierda quedaban condenados no como los otros
que eran personas de bien.

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