Filigranas de oro y de plata de
su madre y de su abuela generosa las esclavas que le regaló en la bodas de
plata a su difunta señora sus enorme anillos de oro con piedras incrustadas de
los más fuertes colores, todo agarraba desesperado y le parecía poco cuando se
enteró que a su hija su tesoro más preciado la menor la última de la saga pero
la primera en su corazón la habían agarrado los milicos que andaban con eso de
averiguar los jodidos antecedentes que no podían tenerlos los pendejos como su
niña que apenas despuntaba a los veinte, el turco Fuad lo llamó a su contador y
le dio orden que sacara la plata líquida que tenía en el banco y que después se
ocupara de todas las anotaciones para que no lo jodieran de rentas y se fue con
una valija llena de billetes y las demás alhajas a verlo al cura del pueblo que
como un miserable se desentendió diciendo que estos no eran asuntos de plata
que la cosa estaba fea y le dio una perorata sobre resignaciones y culpas y
condolencias al tiempo que le explicaba que él no podía hacer nada que había
una orden del monseñor de no meterse en estos asuntos de los guerrilleros y de
los dueños del ingenio que habían amenazado con irse y dejar al pueblo con
hambre si no se dejaban de joder con el marxismo y todas esas basuras, así que
el turco partió como en las procesiones del sagrado corazón a la próxima
estación de su vía crucis de todos los años a verlo al jefe de los curas y
ofreciendo sus estipendios le pidió que mediara para que a su hija la soltaran,
mal también le fue igual que con el comandante de la guarnición que respondía
al jefe del operativo independencia que le dijo con elegancia que aunque a él
le pareciera mucho lo que tenía y que ellos eran militares y no coimeros y que
eso era poco los despachó como los otros con las manos vacías porque su hija
estaba hasta las pelotas.

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