Majestuosa y portentosa la cama i
bronce nos fascinaba con esas tetas inmensas que aunque caídas queríamos tocar cada
noche que rondamos el bajo caminando entre las casillas de material losa y
ladrillo pegados desparramados con mezcla ordinaria pasando y haciendo
equilibrio por veredas de tablas superpuestas sobre aguas servidas, donde las
chicas tenían sus catreras improvisadas en esos cuartuchos con ajuares escasos
con apenas una cama de matrimonio y una mesa ratona para colocar las palanganas
donde lavaban tantos pitos con jabón blanco y agua que se cambiaba cada tres
usos tandas de nosotros caminando esperando los turnos para entrar y tocar y
que nos toquen para sentir esos alivios que se sentían en las humedades
inguinales antes y bien antes que ellas nos palparan como los milicos que
pedían averiguación de antecedentes pero que denigraban manoseando más de la cuenta,
regia esa reina nos deslumbraba cada día de nuestras asistencias perfectas justo
en la esquina de la entrada principal del paseo con sus bombachas negras con
puntillas rojas que desbordaban sus cortas polleras para resaltar esas piernas
carnosas que soñamos tocar como dueños o fiolos de esa doncella de labios
también carnosos disimulados con lápiz color carmesí lo mismo que esos ojos
grandes y negros que seguían nuestros pasos en las rondas para ver con cual
chica intimábamos por dos australes la media hora que nunca se completaba
porque la desesperación y lo miedos nos jugaban en contra lo mismo que las
complicidades de ellas que esperaban pacientes alrededor de los braseros en las
noches de invierno o en las propias veredas sofocadas en los veranos infernales,
magnífica la cama i bronce nos tenía controlados con sus ojos y sus silencios
ella no estaba disponible para nosotros en ese tiempo, ella tenía su cafisho y
entre los dos cuidaban su quinta su nido su propio negocio.

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