En las noches un bulevar de
lucecitas mortecinas pero brillantes indicaban el camino claramente muchos bulevares calles más estrechas huellas caminadas, alumbrando
los aprontes circulares de los candidatos a entrar cada noche, muchos dando
vueltas y unos pocos que se animaban de acuerdo al tamaño de billeteras que
dependiendo del momento del mes en que se estuviera estaban más llenas o más
vacías, fisgones que caminando en motos o en auto iban y venían de la avenida
que llevaba hasta la casa remodelada que oficiaba de guarida, apenas por el
ocaso cuando se ocultaba el febo en el horizonte colonias de varones y machos
en grupos agazapados andaban como a la caza, infaltables postulantes merodeaban
buscando o dejando a las chicas que entraban y salían entre la ocho y las
nueve, es que más que farolas opacas la de esos reflectores del alumbrado
público estaban ahí a expensas de la arboleda más o menos tupida según la época
del año con su follaje echando sombra sobre los brillos de tres lámparas
cruzadas en cada una de las cuadras que llevaban como al final del pueblo, ahí y
así aparecía como por arte de magia la luz roja al final de esa hilera de
brillos de bruma o de niebla, ahí y así brillaba la fachada como si por arte de
magia en medio del paisaje urbano emergiera despampanante, la luz roja era
visible tres cuadras a la redonda, mucho antes de esos tramos un par de
avenidas y media docena de cuadras también marcaban los caminos para llegar a
esa casa que en la entrada quedaba alumbraba con un foco de cien voltios del
color de la sangre y de la orgía que, maravillosamente, así como en los
atardeceres de a poco brillaba como las puertas del infierno en los amaneceres
se apagaba con las primeras rondas de la cana que pasaba por sus coimas y a
repetir que la joda se dejara para el otro día.

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