Con la pizca de lucidez que les
volvía los treinta de abril en los atardeceres, cuando ellos retornaban de sus
jornadas después de yuguear como negros y esclavos encima de los camiones
mezcladores que iban y venían de las obras un día tras otro todos los días,
encima de renegar en sus casas cuando volvían o pasaban con las mujeres que se
quejaban que tenían que lidiar con los chicos por su cuenta, en las salud como
en la enfermedad en la riqueza como en la pobreza, con las ganas que les
quedaba después de eso que era peor que los pedos en serio que se alzaban en
ese día, porque eran locuras del día a día que había que digerir y que había que
acomodar para no entrar en delirios ni discusiones ni grescas pesadas, con el
ánimo por el piso comenzaban los preparativos para mamarse en serio en las
horas que quedaban hasta el primero a las tres de la tarde, esos eran los
tiempos que les corrían así que con la anuencia del patrón aprovechaban la
noche de la víspera para los acopios de damajuanas y las medias reses las
cabezas guateadas que sobaban para tirar al asador entre las once y las doce de
la mañana de cada primero de mayo cuando caían los demás y ellos ya estaban con
el vino y la cerveza puestos sobre sus panzas saturadas y sus ojos incrustados
en lagrimales colorados, hipando pero felices porque les sobraban los tiempos en
ese tiempo de un día de todos los demás días del año para los agasajos que se
hacían donde no faltaban las palabras los discursos de agradecimientos al
general que lo inventó y al patrón generoso que pagaba toda la joda, era lo
menos que esperaban del patrón que después los días que pasaban a sus servicios
les exigía que se pusieran con sus horas y que no se anduvieran quejando como
mujercitas que había que trabajar para forjarse un futuro, así descansaban y se
dormían como a las tres de la tarde y caían en el rincón donde el sueños
definitivamente los vencían, justo
cuando comenzaban a llegar los guitarreros y los músicos que también caían
escabiados después de las celebraciones de otras celebraciones de otros
trabajadores en otros lados, ese era el único día porque a la madrugada del dos
con pedo o sin pedo con los delirios o sin los delirios ni las alucinaciones de
ganarse la tómbola de todos los días volvían con el traste al camión a comenzar
de nuevo.

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