De pronto no andar más en los
putos confines de la patria cagándose de frío en la puna o allá por las
quebradas en la ruta cuarenta, o de calor en la frontera tripartita al final de
la ruta ochenta y uno donde la merca y las ropas se llevaban y traían a carradas
a lomo propio o a lomo de mulas charqueando ríos escuálidos o salares
abandonados, según se les antojara a los putos oficiales que se las creían que
podían dar las órdenes que se les antojaban porque tenían un par de charreteras
o de medallas más que las de cualquiera, de pronto no andar más en esas
comisiones de treinta días por cuatro de descaso para volver a uno de esos
puestos fronterizos donde ni siquiera había buenas hembras y se miraba con
cariño a las coyas pechugonas que traficaban en la frontera, de pronto eso de andar
comiendo porquerías como arroz con pollo o sopa de maíz todos los días cambiaba,
de pronto todo eso que no era para ser otra cosa por la orden de replegarse al
ingenio para comenzar otros rastrillajes otras contiendas otras persecuciones fronteras
adentro, la horma de sus zapatos encontraron los gendarmes con la tarea
encomendada por el famoso ingeniero que no se conocía pero que bajaba las
ordenes con el jefe de personal que les explicaba clarito que había que
comenzar a escarmentar a los zurdos y a los sediciosos que no entendían que
estaban en una empresa seria que pagaba sus sueldos y le daba de comer a mucha
gente que tenía aseguradas sus fuentes de trabajo, cambiar eso por andar
persiguiendo mutulos en la puna corriendo mojones o en las cataratas mojones de
límites que no le interesaban a nadie fue como la gloria, el mejor negocio que
pudieron hacer, lugar estable casa comida estar con las familias o las minitas
cerca que más hubieran querido, y andar persiguiendo a giles que se dejaban
lavar los cerebros con los tira bombas, los gendarmes chochos estuvieron con
sus nuevas consignas.

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