Luciendo sus elegantes chaquetas
de rosas y blancos sobre sus pilchas caras haciendo equilibrios con sus zapatos
de tacos agujas y sus peinados rebuscados por Blanca en las revistas Life de su
salón de peluquería, manicura y todo lo que ellas necesitaran, reluciendo sus
esclavas y anillos de oro y de plata recibidas como regalos de aniversarios
varios de maridos ausentes las damas de rosa aparecían en las quermeses
acicaladas por todos lados, y largaban sus calañas, sus cizañas, mezclaban
patrañas, y tiraban bofes a cualquiera, canalladas, cochinadas ellas hacían
cochinadas con su comentarios y cuchicheos, pero para ellas esos eran
pecadillos pecados veniales como enseñaban cuando enseñaban catecismos a los
niños que recibían su primera comunión o se confirmaban, pecados menores que ni
siquiera tendrían que andar ventilando y menos en los confesionarios atestados
durante las fiestas patronales donde chicos y grandes gordos y flacos, pobres y
ricos, se ponían en las colas para hablar en secreto con el cura de la
parroquia y un ayudante que venía de otra para salir a comulgar después, lo que
ellas las reputadas damas de rosa no le decían al curita alemán renegón y
generoso de la parroquia de nuestra señora del Rosario, es que sus ponzoñas
hacían más daños procediendo de sus lenguas que de los pecados que hicieran
efectivos, es que además ni lo registraban
porque se fijaban más en otras farsas y chismes ellas no andaban como
otras putitas ordinarias metiéndose en las camas de los maridos ajenos pero
llevaban y traían los chirimbolos calientes de calentones y fornicadores en el
ingenio fueran obreros o empleados, ni enteradas que esos eran justamente sus
pecados mortales.

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