Con muy poco las hacía entrar en
estados de letargos fácilmente en limbos imaginarios debajo de las inmensas
secadoras de pelo que les ponía después de hacerles tratamientos con pociones de
yuyos especiales con lociones y cremas que costaban una fortuna pero que de
todos modos pagaban como pegaban en sus bellezas artificiales que cuidaban por
unos días cuando volvían a sus casas, con muy poco ellas entraban en paraísos
soñándose por un par de horas ser reinas en sus propios reinos sin reyes ni
cortesanos imaginarios que ella les alimentaba siguiéndole la corriente de sus
historias en las que amenazaban los ojos cerrados y recostadas en los mullidos
sillones apostaban a nadie o a fantasmas que verían, soñaban con independencias
repentinas de las cadenas domésticas, que las ataban a maridos renegones a
hijos caprichosos y encaprichados a ollas incrustadas de grasa y de costras de
restos de comida que las fregadas no sacaban así porfiaran horas enteras, levitadas
y rociadas sus cabelleras con los spray más nuevos y sin acusar las molestias
de las depilaciones dolorosas con cera hirviendo en piernas en axilas y en los
rincones donde indicaran, les llevaba unos días a las damas de rosa llegar con
las acicaladas que ellas querían y además podían pagar, con puntualidades llegar
a las fiestas patronales, todas se
amontonaban pidiendo sus turnos a Doña Blanca que era la mejor de la media
docena de peluqueras que había en el ingenio la que más las comprendía, la que
con más discreción las mimaba y con paciencia para sacar esos bellos que se
insinuaban como bigotitos finos debajo de sus narices finas también para
emparejar las cejas y trabajarles las pestañas, les llevaba unos días de
preparaciones llegar con todos esos arreglos a las fiestas patronales, a las
destacadas damas de rosa que en ese día juntaban todas sus viejas pertenencias
para armar sus caridades y repartían entre los que menos tenían, vestidos y alimentos
no perecederos ropita de bebé juguetes recuperados para los coyitas que
entraban a los surcos colgados a las espaldas de sus madres que lomeaban todos
el día, les costaba un Perú llegar todas arregladas porque en esos días
justamente cuando terminaban con la procesión de las siete de la tarde y la
solemne misa que le seguía donde todas comulgaban después de confesarse con el
cura Keyner que con unos pocos
padrenuestros y unos pocos avemarías ya las hacía sentir bien para el año que
venía seguro el curita que las tilingas que las tilingas que lo ayudaban en las
colectas al día siguiente después de tanto recogimiento al otros día estaban
listas para hacer sus cochinadas.

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