La abuela se enojaba mucho y
comenzando con sus protestas se paseaba una y otra vez por el pasillo de su casa que separaba la entrada a la casa y el comedor con cocina a propósito para que los holgazanes de sus hijos y nietos la escucharan y se
acordaran de ella temprano cuando andaba calzados sus delantales sobre su ropa
percudida y las pantuflas de entre casa lidiando con los menesteres en los que
nadie le daba una mano, el hombre se demoraba y la demoraba se lo repetía cada
vez que pasaba y él le se excusaba con cualquier explicación, se enojaba y
maldecía diantres cada vez que el lechero se tardaba unos minutos más de la
seis de la mañana cuando él pasaba haciendo sonar una campanilla y ella oía además
el rechinar de las ruedas de madera del carro que tironeaban dos matungos macilentos
y cansados carro de dos ruedas donde llevaba cinco lecheras de estaño o de láminas de hojalata que
la conservaban al tiempo sin que se corte de sacarla de los tambos, todo eso
significaba que el hombre ya había llegado a la cuadra anterior y que ella
tenía que estar presta con sus botellas lavadas con detergentes y jabones en
polvo pero cuando eso no pasaba era porque él se demoraba y ella hacía saber
sus empacadas a todos entre los que estaban un par de vecinas con el mismo
drama por eso a veces protestaba con ellas en las veredas ya más entradas las
mañanas, el repartidor se demoraba en pasar con sus lecheras de cincuenta
litros cada una para completar con las manzanas que le tocaban, la abuela se
enojaba mucho porque esas tardanzas le significaban tardanzas a ella que
comenzaba temprano con los trabajos de ocuparse de la leche cuajada, el arroz
con leche y los quesillos, que devoraban no solamente sus hijos o sus hijas
sino también los maridos de sus hijas y sus proles o las mujeres de sus hijos y
sus críos, aunque todos sus enojos terminaron e día que el repartidor se compró
una chatita con la que hacía los repartos más rápido y puntual, entonces ella comenzaba
a enojarse de otras cosas.

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