Como perros olfateando el fuerte
olor de las perras en celo los muchachos merodeaban por el bajo noches enteras
separando en sus bolsillos las chirolas que les dejaban a ellas la madamas que
en las noches de crudos inviernos se amontonaban alrededor de braseros donde
ardían los carbones que calentaban decenas de ambientes, las piezas los
cuartuchos donde entraban ellos los muchachos con las chicas generosas, entre
cuatro paredes como apretadas sin lugar para más que una cama de dos plazas y una
mesa de luz sobre la que ellas ponían las chatas con las que luego los lavaban
a ellos antes de ellas, adentro no tenían esas comodidades de calor de las
pequeñas calderas pero tenían el calor abrasador de los mancebos que caían para
meter manos por donde los dejaran y de acuerdo a la tarifas que pagaban porque
las chicas más cansadas con el oficio tenían el horno que no estaba que no estaba
para bollos, y entonces aunque solícitas preguntaban impostaban fríamente
mientras se desvestían al papito sobre chupadas una francesa o la colita servicios
que entraban en los precios variados de un catálogo aprendido de memoria en el
medio de esos cuartuchos de luces de colores y mortecinas donde cada momento
varias veces en la misma noche se revolcaban ellos con ellas varias veces, los
muchachos rondaban el bajo cerca del río donde los cafiolos construían cuartos
a mansalva para llenarse los bolsillos con el trabajo de esas mujeres que les
hacían en mita y mita hasta que lograban entrar a tugurios importantes donde
sacaban más entre lo que cobraban y las propinas, después a los finales como
animales enfermos de celos convencidos que ellas también los tenían los
muchachos volvían a sus casas entristecidos después de los apuros de esas
chicas urgidas por ganarse el puchero o mantener a los críos de padres ausentes
que no se identificaban después de tanto sexo por noche todas las benditas
noches de los malditos inviernos inclementes.

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