En las noches vacías después de
andar por la luz roja más vivos que muertos en entuertos buscando lo que no
teníamos y tampoco tuvimos, cuando se terminaban las fantochadas de chupar
hasta el cansancio y llenarse los ojos con las carnes abundantes de las chicas
generosas que nos aguantaban cuando empezaban las cumbias de los wawancó a
bailar cuando no podíamos ni siquiera pararnos aunque nos dejaban tocarles sus
cuerpos voluptuosos, en esas noches vacías en las que ni siquiera nos alcanzaba
para dejarles propinas por la voluntad de acompañarnos por el valor de unos tragos
mezquinos servidos en vasitos de coñac por fiolos con cara de pocos amigos que
llevaban la caja propia y la de las chicas, en esas noches vacías después de
andar trasuntando desorientaciones quedábamos todos pendientes del más
debilucho que se iba en arcadas y en vómitos que dejaba como dejábamos meados y
otros desechos en las paredes de la casa de citas, él más que nosotros dejaba
en temblores todo lo que había comido antes de entrarle a las ginebras
engayoladas en camperas abultadas o en las cinturas al boliche para no irnos en
gastos extras que nos dejaran sin posibilidades de salvar nuestro exilios de
niños sin rumbos a ser mayores de mayores confundidos como niños buscando en
los lugares equivocados lo que no sabíamos siquiera qué era, aguarrases
ordinarios imposibles ginebras a las que todos le entrábamos en esas noches de
peregrinaciones que se salvaban en confesionarios con curas anónimos por unos
cuantos padrenuestros y unos cuantos avemarías, en la última de esas noches
vacías el endeble se nos quedó un día de desenfreno de un paro alcohólico
dijeron los de la guardia, en las noches como esas cuando sin darnos cuenta andábamos
más muertos que vivos.

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