En los setenta después de veinte
años de andar porfiando contra la polio y la malaria ayudando a que los coyas
no se murieran de cagaderas en los lotes y en los caseríos más pobres del
ingenio y en los púlpitos de las capillas adonde les rogaban a diosito y a
todos los santos que intermediaran ante el altísimo para que las donaciones no
se acabaran ni la generosidad de los patrones que las mandaban, ellas seguían
haciendo caridades para los que menos tenían recogiendo de los que más tenían
para los menos los trastos que les sobraban las monedas que recogían de
chanchitos de adornos usados como alcancías que se rompían en los días de las
fiestas patronales cuando ellas quedaban bien con dios y con el diablo, juntando
para esos que no eran menos que al contrario se andaban reproduciendo como
conejos porque no les llegaban ni los sermones ceremoniosos y parsimoniosos del
cura Keyner, ni las prescripciones de los doctores que en el hospital se
desesperaban por los presupuestos de los remedios que venían recortados en las
planillas que pasaban por las oficinas de personal especialmente el doctorcito
ese que lo molestaba al ingeniero cada vez que venía por sus recorridos para
ver las atenciones que se les daba a los cosecheros y a los familiares de los
jefes en las habitaciones habilitadas para eso, ellas las damas de rosa, en los
setenta ellas seguían en Babia mientras ellos en habían comenzado con esas biabas
que le daban a los que andaban en cosas raras como a esos de la guerrilla
apátrida de acuerdo a las instrucciones que cada mañana llegaban al teletipo en
lenguajes binarios que transcribían tipos capacitados que firmaban contratos de
confidencialidad y que tenían para eso sueldos más altos que los de otros
empleados y obreros que eran espiados por infiltrados de mamelucos como ellos o
como los pitucos de camisas de hilos de colores suaves, ellas andaban en sus
cielos mientras ellos entraban a sus infiernos.

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