Cuando apareció con el falcon rojo
furioso el turco le puso la tapa a todos en el pueblo porque además de la pinta
con la que se enganchaba a todas las mujeres, con largas patillas que le daban
el corte de Lenon bigotes y `pelos en el pecho debajo de camisas blancas e
impecables, que volvían locas a todas las hembras que quería, tenía una
billetera engordada con billetes que acomodaba prolijamente de mayor a menor y
que revisaba varias veces en el día en la ferretería que había heredado como
dote, sus ancestros habían llegado como cincuenta años atrás al ingenio y
apenas no más de llegados pusieron en movimiento esas cadenas de los paisanos
de la sirio libanesa, de ir por los lotes de coyas entregando la mercadería que se pagaba
al contado o con vales de la empresa hasta que llegaba otro turco y le daban el mercado que quedaba más
lejos y así hasta que finalmente los primeros abrían locales en los pueblos, por los gestos y los
enviones el turco parecía una marioneta cuando se acordaba de revisarla en uno
de los bolsillos de atrás de sus pantalones también prolijos de hilo o de
poplin, allí justo ahí donde vivía y reinaba haciendo negocios al por menor que
era lo que le gustaba mientras los otros envidiosos y chismosos le sacaban el
cuero lo destripaban con los puteríos, cuando apareció con el falcon el turco
les amargó el día a los parroquianos indolentes que hablaban de él holgazanes y
a las sombras de los paraísos en la tardes abrasadoras de los veranos
insoportables, pero modesto él se las
aguantó aunque después se arrepentía de no decirles nada a los envidiosos que
nunca se acordaban que todo lo compraba con plata propia, todo el tiempo
especialmente el día que se estroló detrás de un colectivo y dejo de manejar
para siempre, y anduvo todo el día rojo más rojo que el auto de la vergüenza.

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