Por ahí sentíamos algo de miedos
o tal vez temores y comprendimos que una docena de padre nuestro y otros tantos
avemarías nos devolverían de nuevo con los otros hermanos pero nada más ni la
hora le dábamos a los maestros en catecismo, fueron esas tardes del sesenta y
cinco tal vez del sesenta y cuatro hermano tal vez del sesenta y siete hermano
de sangre y del alma cuando nos escapábamos en esos momentos de los sábados
temprano de los catequistas que eran viejos y estaban somnolientos con la
digestión a medias tal vez a regañadientes porque en el pueblo a esa hora todos
dormían sus siestas tal vez enmarañados con sus distracciones y tristezas, cuando
nos hacíamos la rabona en el medio de lo que nos querían enseñar en el salón
grande de la parroquia, esos predicadores que bostezaban y disimulaban eructos
evidentes tal vez porque venían de comilonas de pucheros tal vez de anchis o
guisos pastosos tal vez parecidos a los que nosotros comíamos hermano con cara
de querer comer otros platos, escapando de esos mismos que se las pasaban
leyendo pedacitos decían que del génesis decían que del apocalipsis dando y
temando con eso, de esos libros que ni sabíamos ni queríamos saber para que nos
servirían, esos que hacían lo que podían para explicarnos eso que no nos
interesaba porque teníamos los ánimos puestos en buscar a los changos para
internarnos a algunas de las aventuras que encarábamos cuando teníamos un pizca
del tiempo libre y para nosotros en las modorras de las primeras horas de las
tardes que nos dejaban esos padres guardabosques como fueron los nuestros, fueron
esas tardes del sesenta y cinco tal vez del sesenta y cuatro hermano tal vez
que aprovechábamos una de las dos horas que nos pasábamos por ahí cerca de las
escaleras que llevaban al campanario para nosotros sin que nadie nos dijera
nada, rajándonos de los discursos de buena voluntad tal vez que daban esos
pastores a los cien niños que éramos por eso tal vez no se daban ni cuenta de
la ausencia salvo a los comienzos o a los finales cuando tomaban lista, sí nos
dimos un día tal vez del sesenta y siete hermano de sangre y del alma enfundado
en esos trajes impecables blancos y elegantes que nos puso nuestra madre con
brazaletes y zapatos blancos como quedamos inmóviles para la posteridad en esa
foto que está toda ajada y amarilla por ahora con cara de ángeles que no
podríamos haber sido los mismos que nos escapábamos, fueron esas tardes cuando
caímos en la cuenta de los pecados que había que contar al reverendo completos
decirle cuanto faltábamos para venir después a comulgar como si hubiéramos
expiado nuestros pecados.

No comments:
Post a Comment