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Monday, April 27, 2015

Filas rima colas.



Con ellas nos portábamos mal, en segundo en tercero y en sexo grado como el culo tal vez sin que pudieran decirnos nada apretadas como estaban por la señora directora que era mala y cogollera  como un gallo de riña, con esas sonrisas dibujadas en sus bocas pintadas y exageradas con maquillaje que tapaban los defectos a la luz del día enfundadas en blancos y almidonados guardapolvos igual que lo estábamos nosotros, como el orto nos portábamos con ellas en las exhibiciones de gimnasia o en cada octubre cuando coincidían esas celebraciones con las celebraciones de la virgencita patrona del pueblo, siempre nos portábamos así ni siquiera hacíamos las filas que las señoritas ordenaban en las entradas temprano a la escuela o en las fiestas patrias cuando debíamos aparecer como blancas y puras palomitas alineadas para que la directora quedara bien con las autoridades o los auditores que la visitaban del ministerio, por ahí andábamos empujándonos y desalineados mientras ellas renegaban y decían que éramos unos monstruos y que por eso merecían mejores sueldos, de aguantar a sabandijas como nosotros caprichosos y porros de cuadernos sucios y garabateados, no siquiera hacíamos eso que sí hacíamos en el taller del fondo de la casa del payo de pestañas blanca y ojos transparentes y cejas y vellos blancos que en la oscuridad de su mundo se concentraba para hacer lo que le pedíamos, el papá de los dos payitos de la barra de los changos que con mejor asistencia que la que teníamos para ir a las misas del cura Keyner, era en su casa la pasada previa y obligada que teníamos para ir después por la rotonda del almacén grande con los karting que nos armaba el viejo con maderas recuperadas de cajones de frutas y rulemanes que solamente él y dios habrán sabido cómo lograba afanárselos de la fábrica donde era el jefe del taller de mantenimiento, por religioso orden de llegada esperábamos en ese pequeño taller hasta que nos atendía a cada uno en ese cuartucho atosigado de herramientas y de tornillos de todos los tamaños, amoladoras y morsas de todos los tamaños, ahí nos sentábamos atentos y pacientes a esperar nuestro turno para que él se ocupara de armarnos el vehículo con el que competiríamos en la rotonda, con él nos portábamos como las señoritas seguro que hubieran querido que nos portáramos en la primaria.

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