Con ellas nos portábamos mal, en
segundo en tercero y en sexo grado como el culo tal vez sin que pudieran
decirnos nada apretadas como estaban por la señora directora que era mala y
cogollera como un gallo de riña, con esas
sonrisas dibujadas en sus bocas pintadas y exageradas con maquillaje que
tapaban los defectos a la luz del día enfundadas en blancos y almidonados
guardapolvos igual que lo estábamos nosotros, como el orto nos portábamos con
ellas en las exhibiciones de gimnasia o en cada octubre cuando coincidían esas
celebraciones con las celebraciones de la virgencita patrona del pueblo, siempre
nos portábamos así ni siquiera hacíamos las filas que las señoritas ordenaban
en las entradas temprano a la escuela o en las fiestas patrias cuando debíamos
aparecer como blancas y puras palomitas alineadas para que la directora quedara
bien con las autoridades o los auditores que la visitaban del ministerio, por
ahí andábamos empujándonos y desalineados mientras ellas renegaban y decían que
éramos unos monstruos y que por eso merecían mejores sueldos, de aguantar a
sabandijas como nosotros caprichosos y porros de cuadernos sucios y
garabateados, no siquiera hacíamos eso que sí hacíamos en el taller del fondo
de la casa del payo de pestañas blanca y ojos transparentes y cejas y vellos
blancos que en la oscuridad de su mundo se concentraba para hacer lo que le
pedíamos, el papá de los dos payitos de la barra de los changos que con mejor
asistencia que la que teníamos para ir a las misas del cura Keyner, era en su
casa la pasada previa y obligada que teníamos para ir después por la rotonda
del almacén grande con los karting que nos armaba el viejo con maderas
recuperadas de cajones de frutas y rulemanes que solamente él y dios habrán
sabido cómo lograba afanárselos de la fábrica donde era el jefe del taller de
mantenimiento, por religioso orden de llegada esperábamos en ese pequeño taller
hasta que nos atendía a cada uno en ese cuartucho atosigado de herramientas y de
tornillos de todos los tamaños, amoladoras y morsas de todos los tamaños, ahí
nos sentábamos atentos y pacientes a esperar nuestro turno para que él se
ocupara de armarnos el vehículo con el que competiríamos en la rotonda, con él
nos portábamos como las señoritas seguro que hubieran querido que nos
portáramos en la primaria.

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