Los sauces llorones que en fila
iban de un lado a otro en la pantalla parecían gendarmes vigilantes del canal
que nos servía a nosotros de refrescante fuente de agua marrón y fría en los
sofocantes veranos, colgados en sus ramas largas y flexibles nos bamboleábamos
y nos tirábamos al agua que lento corría siguiendo una bajada que apenas se
notaba o no quedábamos bajos sus sombras a comer lo que llevábamos, los sauces
llorones tiraban su follajes también hacia la misma fuente como si fueran
docenas de brazos que quisieran o pudieran alcanzarla, ahí estaban, verdes de
copas tupidas de hojas que no aflojaban ni siquiera en los inviernos, cada una
de las infinitas veces que fuimos a divertirnos o a descargar las broncas las
veces que nos retaban los mayores por alguna cosa los padres o los vecinos que
no nos aguantaban especialmente los gritos las malas ideas como tocar los
timbres en las casas y disparar para que no nos pillaran, en las siestas
sagradas de los fuertes veranos que anduvimos, los sauces llorones estaban al
costado de ese canal que desembocaba en otros que transversales entraban por
los surcos regando las cañas de azúcar que también, como si fueran cientos de
miles de soldados verdes de hojas largas y janas de esa caña dulce que
chupábamos también con entusiasmo o desgano, necesitaban de esa agua para
crecer con fuerza y estar lista para que la recogieran los hombres y las
llevaran a las fábricas, los sauces llorones que en fila fueran de un lado a otro
en la pantalla parecían cumpas de nosotros puros compadres que nos esperaban siempre hasta el día que no fuimos más, mientras estuvieron ahí estaban así fuéramos a reírnos o a llorar nuestras cuitas, aunque parecían más tristes que nosotros nunca alcanzaban el agua.

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