Igual que el blanco coche motor que llegaba indefectiblemente todos
los jueves y los domingos a las cinco de la tarde a la estación del pueblo,
igual que esa mole imponente que conocimos con el grupo de la casa de piedra de
un día para otro y que corriendo a la par acompañábamos unos metros por las banquinas
de tierra del costado de la vía desde justo el lugar donde disminuía la velocidad
llegando a la estación donde tenía que pasar sin novedades los cambios y las
señas de los hombres para no toparse con las locomotoras que movían la carga
del ingenio, igual que ese montón impresionante de fierros y de chapas
prolijamente terminado con pintura blanca y unas letras grandes que se veían
desde lejos FA, que apareció un día y nos deslumbró y que desesperados con el
corazón latiendo más de lo normal esperábamos esos días aunque se atrasara, cuando
llegaba estábamos, ahí, porque era deslumbrante para nosotros porque decenas de
personas subían para salir de nuevo a las siete de la tarde de vuelta a los
lugares de donde venía, y docenas también de vendedores gritaban en los andenes
ofreciendo sus productos y todos parecía una feria una quermese donde nadie
tenía más preocupaciones que comprar unos pochoclos unas manzanas con caramelo
o chirimbolos para llevar a los parientes, igual que esa máquina que bajaba
indefectiblemente todos esos días para llevarse viajeros que adónde habrán ido
cargados de valijas o baúles que hacían refunfuñar a los guardas bigotudos que
se quejaban diciendo que ellos no estaban para esos menesteres de andar
acomodando todas las porquerías que la gente subía a la formación, descomedidos
que se abusaban pensando que los empleados estaban para eso, igual que ese coche
motor hermoso inalcanzable al que nunca nos subimos porque nunca viajamos, y
que era nuestra alegría y nos llenaba de emociones, o por lo menos lo hizo
hasta el día que algo paso que se interrumpieron los servicios y no vino más y
no corrimos más esperándolo y los cambistas pasaron a las oficinas a redactar
cartas de porte para los trenes de carga, igual fue ella para nosotros, la
rubia que era la hija de uno de los maquinistas, la descubrimos como a la
máquina aquella en los alrededores de la estación de pronto un día cualquiera y
nos deslumbró a todos que corríamos desde dónde estuviéramos a los lugares
donde la contemplábamos, y por mucho tiempo fuimos y vinimos de las
inmediaciones donde la veíamos de lejos espantados a que su madre se diera
cuenta de nuestras intenciones de hablarle, igual que el coche motor la
seguimos mucho tiempo, hasta que un día, de un día para otro no estuvo más,
alguien nos dijo que a su padre le habían dado otro destino, tal vez donde el
coche motor funcionaba.

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