La noches de los viernes se
hacían interminables en el Comodín porque como todos trabajaban medio día los sábados
la joda se cortaba a las dos de la mañana, diferente a los sábados que porque todos
dormían la mona los domingos si la dormían la joda se extendía dos horas más, eternas
se hacían las noches para los muchachos que acompañaban a las doncellas
ingratas que apenas entraban se escabullían por pasadizos atestados de gente
con sus tragos en las manos, se escapaban de ellos como si no los conocieran buscando
príncipes más grandes que ellos, que quedaban como postes quietos rígidos y parados
y desconcertados porque además estaban los que los miraban con miradas de
sobradas y sonrisas insinuadas en sus caras como si pensaran si tendrían los
permisos de sus progenitores como para andar entrometiéndose en cosas que no eran
de su edad, unos imberbes que apenas estaban empezando a conocer los secretos
buenos y malos de las noches de juergas, y que además de los desprecios de
ellas tenían que soportar los desplantes disimulados de los otros de los que
les levantaban las minas que se volvían a acordar de ellos en los mingitorios
hediondos o a la hora que había que volver a las casas porque las madres las
dejaban salir solamente con ellos, largas e interminables se hacían las noches
aunque fueran una cuantas horas entre idas y vueltas de las bandas que tocaban
en medio de los discos que ponían de los wawancó, de Doménico Modugno, o de los
que fueran que hacían que los que lo hacían bailaran sueltos o abrazados
franeleando con sus amigas los que se las quitaban, largas eran porque ellos se
quedaban de plantones bien de plantones después del único trago que se tomaban
porque no les daba el cuero para otros, largas eran y fueron hasta que se
fueron haciendo grandes y otros mancebos como ellos cuando lo fueron comenzaban
a caer con sus amigas y ellos se las quitaban, entonces cortas eran las noches
para los muchachos y las nenas predispuestas.

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