Ni la edad ni la plata le daban a
los mancebos compadritos del pata – pata a los juglares de puerto Montt, como
para darse una idea de los lugares posibles para estar a solas a salvo de
fisgones cuando comenzaron a curtirla con doncellas que remontaban los celos
igual que ellos y tenían que echar un cable a tierra con calenturas que
incendiaban así se estuvieran pasando los inviernos, ni las más mínimas ideas
de ir adónde, entonces volviendo a sus fuentes se acordaban de sus correrías en
los senderos perimetrales de los cañaverales donde se refugiaban para hacer sus
cochinadas como decían los padres renegones que también las hacían pero en sus
casas, ahí estaban seguros parados en cualquier lugar, había soledad o
intimidad a los cuatro puntos cardinales que podían alterar solo los chacareros
que en el turno de ocho horas apenas si daban dos vueltas a caballos por las
zonas que cuidaban, una soledad o intimidad que compartían solamente unos
cuantos coyuyos con cantos lamentosos y los mosquitos que eran muchos pero no
molestaban en las correrías de descubrimientos de los muchachos y las nenas que
más que meterse en fornicaciones exploratorias se metían en puros manoseos de
conquistas, y entonces ahí se mandaban caminando en bicicletas en motos o en
autos si los tenían y se pasaban horas de los atardeceres y las primeras y de
las segundas horas de la noche cumpliendo el ritual de eyaculaciones precoces y
placenteras, ahí se largaban una y otra vez en esos años de adolescencia
primeros de la juventud y otros entrados un poco en años, y ahí fueron cuando comenzaron
a circular camiones que no eran ni los cargueros de cañas ni los contenedores
de los Java para las fábricas ni los camiones medianos que hacían las veces de
pañoles circulantes y móviles que llevaban repuestos y herramientas para arreglar
las cosechadoras de las fábricas a los surcos, no eran esos sino camiones y
camionetas de los milicos que usaban esos atajos para andar más rápido en las
batidas que comenzaban a medianoche y llegaban hasta las sirenas de la cinco de
la mañana, ni la edad ni la plata de los príncipes y sus princesas les daban
para pagar hoteles caros así que allá iban aunque por esas rondas tuvieron que
replegarse y andar con cuidado con los milicos a los que no les importaba si
estaban calientes o enfriados, si disfrutaban de esas rigideces que lograban ellos de las humedades de ellas circulando por sus entrepiernas de los pechos liberados de corpiños incómodos del los velo rosado, y les cortaban las inspiraciones de trovadores y
sirenas y los llevaban a todos por averiguación de antecedentes.

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