Probablemente en algunas
oportunidades es mejor que el discurso preceda a la acción que la acción se anteponga
al discurso porque de esta última manera especialmente para el contexto
político el discurso puede servir tranquilamente para justificar lo
injustificable para explicar lo que no tiene explicación en el nivel de una racionalidad
que interprete la globalidad y no la unidad, el autoritarismo no tiene
justificación por más que haya relatos que lo sostengan, tampoco la oligarquía
en contextos sociales residuales ni las dictaduras, en algunas ocasiones será
mejor que las prospecciones antecedan a las proyecciones, que la intención esté
antes que su aplicación, lo que da lugar a observaciones a las posibilidades de
objetivizar las decisiones al momento que se toman, las posibilidades de no encapsularlas
en criterios particulares y subjetivos que pretenden ser interpretaciones individuales
de aspiraciones del conjunto, del verdadero conjunto y no de los que a veces se
interpreta como conjunto cuando se trata de grupos privilegiados de concomitancia
con el poder o con los poderes que marcan los ritmos y las intensidades de las
decisiones, hay veces, la mayoría, que es así, y hay otras, la mayoría, cuando
la acción o la omisión están antes del discurso, entonces deviene el caos,
aunque en el la formación del caos haya participado una proporción importante
de la sociedad, como fueron para nosotros los setenta.

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