Lo imposible antes que lo
posible, la negación antes que la afirmación, el pasado antes que el futuro, la
privación la contra antes que la exuberancia o el a favor, haber sido un infeliz
toda la vida acostumbrado a los no, cada vez que aparecía algo importante y se
pedía permiso, un no, dos no, tres no a cambio de la venia paterna o materna
para emprenderla, un crisol de no en variadas tonalidades y en varios tonos que
procedían de los cercanos y de los que estaban más lejanos, haberse
acostumbrado a los no de tal manera de no escuchar las otras instrucciones, cualquiera,
de hacerse un autista que espera la misma respuesta en situaciones diferentes,
malas o buenas, está mal estar pero está mal también no estar, está mal ser
pero peor esta no ser, haberse acostumbrado desde chico a que las iniciativas terminaran
siempre en negaciones reiteradas, que primero tenían algunas explicaciones que mitigaban
las impotencias pero que con el tiempo terminaban ahí justo en la negación para
empezar un juego de niños, para tomar una decisión por cuenta propia con los
pantalones largos o los dieciocho años cumplidos, para romper con esas pesadas
cadenas que ataban los pasos propios a un punto fijo e inamovible donde el no,
era la única respuesta posible, fueran sueños o instrucciones que se pedían por
cosas cotidianas, siempre el no nunca un sí, de tíos de padres de amigos, ni
por asomo una afirmación que confirmara que se era un tipo común que se podían
hacer o decir cosas procedentes que ayudaran a cuadros de armonías, siempre un
no nunca un sí que confirmara que los otros confiaran en alguien diferente a
esos círculos cerrados en donde se galvanizan para galvanizar las injerencias
anulando la circulación de cualquiera, discriminando aunque se afirme lo
contrario, puro no porque sí, nada de sí porque no.

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