Mala señal era aunque tuviera la forma de nuevas y buenas noticias con
esa luna llena encima perfilada en el ventanal que da a la calle, no era común que
en ese pabellón de Villa Las Rosas los sentaran a comer menús más o menos aceptables
lo que era comer sin arcadas del asco que las mezcolanzas lentejas y papas
recalentadas provocaban, comer un plato de guiso respetable con una hogaza más
o menos fresca de un pan de todas maneras chamuscado por la humedad acumulada
en un día y un postre de milico con una porción generosa de batata con queso, era
todo una novedad, no era común que eso reemplazara las viandas mugrientas
infectadas de cucarachas que un milico mugriento dejaba en los pisos de los
lugares donde los presos, amontonados hediendo y también mugrientos estaban
hacinados esperando sus propias averiguaciones de antecedentes y el visto bueno
de los comandos superiores, y después de las viandas los desbordes de groserías
que abarcaban momentos con picanas en jodas que ellos llamaban los submarinos a
esa combinación de agua y descargas eléctricas, manoseos y maldiciones que
abarcaban a todos los parientes y a todas las imprecaciones que se inventaban y
aumentaban, mala señal era aunque tuviera
la forma de nuevas y buenas noticias, que de la noche a la mañana tipos
brutos y embriagados les dijeran que los estaban trasladando hacia otros
lugares donde se les daría la libertad dispuesta por la junta de comandantes,
mala señal con buenas noticias eran
porque esa noche los llevaban para Palomitas, de donde no volvieron, los
milicos dijeron después que uno se tiro del camión y comenzó a correr monte
adentro que los demás fueron siguiéndolo, y que no hubo más remedio que
bajarlos a balazos.

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