Una bestia sin alas, una bestia
terrestre a campo traviesa como si fuera un lince enfurecido queriendo llegar
de un salto hasta su presa, brincando nada más moviendo sus músculos como
pedaleando en el aire, ajena al espacio circundante una bestia absorta en sus
afanes allá en el aire de pronto como un bólido cayendo al vacío, escapando tal
vez de algunos depredadores animales, o de algunos depredadores humanos que de
esos abundan más que de los otros, de pronto así de la nada desde un costado de
la ruta nueve en ese tramo, apareció volando como una saeta tan tontamente como
una tonta paloma, enorme con casi veinte quilos, que contorsionándose todo lo
que podía casi al ras de suelo, al ras de los cañaverales que como si fueran un
mar de aguas verdes y janosas se abrían a los costados, de pronto apareció así
rápida como un flecha, variopinta marrón y blanca marrón y blanco el hocico un
hocico pequeño como si fuera a escupir o a dar un beso, de pronto apareció así
volando y se estrelló contra la puerta trasera del gordini cero quilómetro que
el hombre había pagado un par de horas antes con miles de pesos fruto de su
trabajo y como premio a la paciencia de ella le entregó el volante todo gracias
al trabajo, honesto, aclaraba él, como si hubiera que aclararlo, una corzuela
endeble y tambaleante se sacudió después del golpe, y como si estuviera de
festejo o con miedo de algo se perdió de nuevo entre las cañas de azúcar, y lo
dejó a él sin palabras, sin poder maldecir con alguien, entonces la recordó de
nuevo, le dijo que era la última vez que manjaba.

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