Los hijos vinieron y estaban
criándose, y vinieron en cantidad suficiente como para el que les proveyera
todo lo que necesitaban para ser felices y, el día de mañana, hombres de bien,
con eso era suficiente, y bueno, y pleno, los hijos vinieron y no escribió un
libro porque los editores en su época
sacaban al mercado lo que ellos entendían que el mercado demandaba y
entonces no se interesaban en lo que no les interesaba mucho más allá de cien
años de soledad o la ciudad y los perros, y no sacó un libro, también, porque
financiarlo por su cuenta era un ojo de la cara y no estaba dispuesto a
embarcarse en tamaños gastos para cumplir con esa parte de dejar su señal en su
paso por esta tierra, por eso sintió que cambiaba ese faltante el día que la
mujer que le traía la tierra con mantillo para reforzar las ligustrinas, le
dejó los brotes de un limonero y un mango que inmediatamente sembró en el
pedazo fértil del patio de su casa, un páramo de diez por veinte rellenado con
cal y argamasa apenas tapada por unos centímetros de tierra porque ahí fue el obrador
del plan de viviendas sociales, pero feliz de cumplir con eso se puso a cuidar
los dos árboles hasta que se hicieron fuertes y comenzaron a tener sus retoños
y frutos, así pasó muchos años cuidando y cosechando hasta el día que comenzó
con su partida, cuando partió los hijos vendieron la casa, y los que compraron
pagaron extra para que voltearan esos dos árboles que ensuciaban el jardín en
el otoño.

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