El flaco no terminaba de darse a
entender o directamente su papá no le entendía, cuando él le explicaba que por
cada vez que tocaban en el gringo Matos el otro los llenaba de australes, que
les entregaba unas bolsas de plástico llenas y los tapaba hasta la coronilla de
billetes y monedas de a centavos, de billetes sucios y manoseados, que él
aceptaba eso, que eran todos billetes australes o pesos ley que ellos
convertían porque estaban avezados, de diez de veinte mil pesos, pero era
efectivos, y además que ellos hacían lo que les gustaba y lo que era más
importante, que lo hacían fuera de los horarios del comercial nocturno donde
había ido a parar burro grande después de repetir le decía su papá, el flaco
renegaba diciendo que directamente no le entendía porque siempre se armaban las
mismas discusiones las mismas explicaciones los mismos líos, más cuando venían
los feriados largos de las fiestas o de carnaval que ganaban extras más los
viernes y sábados, que era cuando el boliche le explotaba al gringo que se
llenaba de oro porque había gente que se quedaba en la calle y no podía entrar
al salón de la pista de bailes que además era grande, el flaco no se daba a
entender o su papá no lo entendía, cuando contestaba que ellos no tenían que cumplir horarios ni andar de chupamedias, cuando le repetía una y otra vez que él podía
conseguirle un trabajo fijo con un sueldo en el taller de soldaduras donde él
trabajaba en la fábrica, y con patrones que pagaban todo lo que corresponde y
puntual, que se dejara de joder con bandas y la nueva ola con los pantalones de
bota ancha y suecos que parecen maricones, el flaco no se daba a entender o el
viejo pendenciero no lo entendía, que cada noche que el gringo les pagaba, lo
que él se llevaba le alcanzaba para un mes, que él ganaba en una noche lo que
cualquiera ganaba en la fábrica en el lugar de obrero cargado de obligaciones, que él ganaba lo mismo
sin romperse el lomo.

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