Como cantaba Roberto Carlos un
millón de amigos hubo en la grandes épocas de dispendios de la inflación y esas
cosas raras que significaban inflar los costos de las construcciones de viviendas
y de puentes o de lo que fuera encargara la gente de la empresa, las tarjetas
de salutaciones de fin de año tapaban los árboles de navidad cuando se armaban
el día de la virgencita escritas en cursivas preciosas por comedidos que se
prestaban gozosos a estos protocolos, y los presentes sobraban llegando como
una catarata de entregas del correo a domicilio, bodegas ambulantes de vinos
añejados, aparatos de electrodomésticos, llegaban regularmente en paquetes
pequeños y grandes con avisos de retorno, con saludos de presidentes o
contadores ignotos de firmas ignotas, mientras él, pequeñas trampas que se
volvían grandes sumas de dinero cuando se aplicaban, ajustes de centavos con
varios ceros a la izquierda y después con varios ceros a la derecha y otros
números también, laberintos alfa numéricos que terminaban en un coeficiente que
al final de todos los finales había que multiplicar por el número que
representaba el presupuesto original y se llegaba al número que había que poner
en la factura que cada mes se cobraba en ventanilla de la tesorería del ingenio
puntualmente, porque los tipos eran una bosta pichuleando a sus obreros pero
pagadores puntualmente, cuando el maestro mayor de obra terminaba de resolver
esas fórmulas que le daban en obras públicas de la nación para calcular los
mayores costos, después de encontrarle las vueltas a las pequeñas trampas que
se podían introducir en esos números duros, se sentía pleno, porque además esos
le reportaba más premios a fin de mes y todos contentos, más que él, los demás
que aprovechaban las bonanzas, hasta que un día alguien suspendió esos ajustes,
y los comedidos como por arte de magia se transformaron en descomedidos, y
después de descomedidos en ausentes que no se tomaban el trabajo de escribir un
tarjeta de navidades.

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