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Monday, February 09, 2015

Hondas rima rondas.





Como si fuera la obligación de una liturgia, los niños bajaban las ramas enteras de los paraísos como si estuvieran cosechando, trepados algunos en los hombros de otros que en cadena los hacían llegar hasta los costados donde estaban los otros que separaban las bolitas de sus frutos poniéndolas en bolsitas de celofán que conseguían de envolturas de remedio o perfumes, de paquetes de cigarrillos que rescataban de la basura cuando sus padres terminaban un atado, los niños bajaban las ramas transpirando a mares, así trabajaban en equipos los niños para juntar las municiones que impulsaban con hondas de todas formas, que mostraban inertes cómo eran las diferencias entre ellos, hondas caras o baratas que les servían para molestar a los gorriones porque nunca les embocaban y las avecitas los esquivaban en sus vuelos, gomeras que les servían para  hacer alguna travesura con el guarda parque, o tirar contra las puertas cerradas de las casas a la hora de las siestas cuando la gente se recogía más que en otras estaciones en los veranos para protegerse de cuarenta y ocho o cincuenta grados que hacían, así andaban todos el día todos los días como anduvieron haciendo punterías a blancos que elegían, así anduvieron cargados en los bolsillos con esas bolitas y sus hondas al cuello, hasta el día que pasaron por los fondos de una casa con gallinero y de un hondazo noquearon a un gallito ponedor que atontado movió desganado sus alas y armó un  revuelo de las gallinas, que cloquearon a más no poder hasta que el dueño fue por las casas de esos niños avisando las novedades a padres que los castigaron, así se acabaron esas rondas, de disparar contra cualquiera en cada momento de muchos años, de la noche a la mañana.






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