Como si fuera la obligación de una liturgia, los niños bajaban las
ramas enteras de los paraísos como si estuvieran cosechando, trepados algunos
en los hombros de otros que en cadena los hacían llegar hasta los costados
donde estaban los otros que separaban las bolitas de sus frutos poniéndolas en
bolsitas de celofán que conseguían de envolturas de remedio o perfumes, de
paquetes de cigarrillos que rescataban de la basura cuando sus padres
terminaban un atado, los niños bajaban las ramas transpirando a mares, así
trabajaban en equipos los niños para juntar las municiones que impulsaban con
hondas de todas formas, que mostraban inertes cómo eran las diferencias entre
ellos, hondas caras o baratas que les servían para molestar a los gorriones
porque nunca les embocaban y las avecitas los esquivaban en sus vuelos, gomeras
que les servían para hacer alguna
travesura con el guarda parque, o tirar contra las puertas cerradas de las
casas a la hora de las siestas cuando la gente se recogía más que en otras
estaciones en los veranos para protegerse de cuarenta y ocho o cincuenta grados
que hacían, así andaban todos el día todos los días como anduvieron haciendo
punterías a blancos que elegían, así anduvieron cargados en los bolsillos con esas
bolitas y sus hondas al cuello, hasta el día que pasaron por los fondos de una
casa con gallinero y de un hondazo noquearon a un gallito ponedor que atontado
movió desganado sus alas y armó un
revuelo de las gallinas, que cloquearon a más no poder hasta que el
dueño fue por las casas de esos niños avisando las novedades a padres que los
castigaron, así se acabaron esas rondas, de disparar contra cualquiera en cada
momento de muchos años, de la noche a la mañana.

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