La melena tipo Lennon de sus
cabellos lacios y abundantes llegaba a sus hombros y él la usaba para tics con
la cabeza presumiendo con la pinta ante las mujeres y también ante los varones
que no tenían un pelo tan llamativo que a cada rato acomodaba con la mano para
que se notaran también los pelos apenas nacientes de unos bigotes y una barba
que apenas aparecían como suciedad en su cara, una camisa color caqui con
cuatro bolsillos grandes dos arriba y dos abajo con charreteras una guayabera
camuflada que había conseguido en Aguas Blancas por menos precio de lo que
costaba por estas orillas, un pantalón verde oliva que abajo se ajustaba sin
que se notara con las medias, casi invisibles por unos borceguíes gastados y
marrones, le daban justo el aspecto que el negro quería que era resumir en el
suyo el aspecto de sus ídolos, el Beatle y el Che, así estaba la noche que tuvo
que escapar en medio del apagón que borró la luz blanca de la pista central de
Catriel y pintó desde la calle la luz amarillenta pero intensa de las
camionetas y los camiones de la empresa con los matones levantando zurdos
desprevenidos, por averiguación de antecedentes, a los capciosos de barba
lampiña que se atrevían a andar cuchicheando en contra de la empresa y del
proceso de reorganización nacional, dijo mientras fuimos hasta el lugar que indicó
balbuceando un gracias para zambullirse en el mar de cañaverales y no volver más,
renegando, porque tuvo el tiempo de contarme, que lo traicionaron los vecinos
como si fueran jueces le fueron a soplar al interventor en la municipalidad
vaya a saber qué, uno vecinos paracaidistas de Zárate como él como ellos, unos
muertos de hambre que hicieron juicios de chismosos para que nadie los acusara
a ellos, unos que había recomendado a los jefes su papá unos años antes, cuando
se montó la fábrica de papel que se hace con el bagazo.

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