En vidrios empañados dibujamos docenas de corazones atravesados por
flechas y pusimos nuestros nombres adentro, tachamos, borroneamos con los codos
con las manos, las mismas manos heladas que entibiábamos tocándonos, con
nuestros alientos soplamos vapores tibios en vidrios empañados con los índices y
plantamos esos dibujos que borramos después con las palmas para hacer otros y
volver a borrarlos, dibujos perecederos del fuego que nos quemaba por dentro
desesperados por abrazarnos quedarnos así sintiendo esos cosquilleos
imperceptibles y agradables del temblor de las ganas, lo hicimos de nuevo y de
nuevo los borramos tantas veces como tantas veces viajamos, muchas veces,
soñando probablemente menos con las distancias que a lo mejor presentimos como
seguras después de ese verano, pero mucho menos que tomando de lo que fueron
esas calenturas tempranas, descubriéndonos con las manos que tocaban
recorriendo los lugares recónditos de nuestro cuerpos, dispuestos a todo
vedados a todo y en alertas inútiles de nuestros padres, que vigilaban
sigilosamente por retrovisores también empañados que se movían según nos
movíamos en los asientos de atrás esquivando las miradas indiscretas y evitando
los discursos aleccionadores y preventivos que hay que tener cuidados por las
enfermedades y por el futuro, que de eso, de ahí del sexo salen los niños y otras
cosas que no entendíamos ni entendimos, ocupados como estuvimos dibujando en
vidrios empapados por dentro mientras nos descubrimos y nos amamos así, en
viajes que no planeamos sobre vehículos que no nos importaban en rutas
atestadas de milicos francotiradores del operativo independencia que daban la
orden de cerrar todos los vidrios y encender las luces de adentro y andar a
velocidad mínima, mientras se atravesara el jardín de la república, la lucha
contra la guerrilla apátrida se mezcló con nosotros que solo dibujábamos
corazones atravesados sobre vidrios empañados.

No comments:
Post a Comment