Una y otra vez recordé los saberes del abuelo que había visto a varios
en sus largos noventa y dos años, ahora mismo decía que le merodeaban por las
paredes chorreadas de revoque de su casa una media docena de hombrecitos pequeños,
pero la condición era la misma despierto o durmiendo, los duendes, igual que
las hadas, se ven solamente con los ojos cerrados, uno los cierra cuando está
despierto y si quiere verlos los ve, uno abre los ojos aunque sea después de
una pesadilla, y los duendes desaparecieron, ellos viven allá en ese lugar que
armamos con nuestro corazón nuestra imaginación nuestro miedos y los libros y los cuentos, o con el portal de las
redes especiales para ellos, ahí se conocen como en una enciclopedia una tarjeta de almanaque, después es cuestión de abrir o
cerrar los ojos, ellos viven allá, en ese mundo que imaginamos más que en el
mundo en que vivimos, y allá están contentos y hacen de las suyas, sin
nosotros, allá los vemos, pero por más esfuerzo que hacía esta vez mis ojos
estaban abiertos, bien abiertos aunque posiblemente inflamados y enrojecidos
como pasa cuando la ingesta de vino es demasiado y demasiado también lo
cuarenta grados de calor a las once de la noche, mis ojos bien abiertos pese al
hipo y a las arcadas, y ahí estaba el duendecito con su boca grande y una
sonrisa también inmensa, que como una media luna le atravesaba la cara llena de
cientos de arrugas, en medio de las sombras que salían de ese mango, por los
contrastes de oscuridades y luces, con sus manos inmensas sus palmas, señalando
las espesura, fue cuando lo vi, un número del mismo tamaño al lado del hombrecito, claro
en medio del follaje del árbol que, como un grotesco adorno, ocupaba buena
parte del patio de la casa, claramente, un número que pensé jugar a la
quiniela.

No comments:
Post a Comment