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Saturday, January 10, 2015

Duendes rima suertes.



Una y otra vez recordé los saberes del abuelo que había visto a varios en sus largos noventa y dos años, ahora mismo decía que le merodeaban por las paredes chorreadas de revoque de su casa una media docena de hombrecitos pequeños, pero la condición era la misma despierto o durmiendo, los duendes, igual que las hadas, se ven solamente con los ojos cerrados, uno los cierra cuando está despierto y si quiere verlos los ve, uno abre los ojos aunque sea después de una pesadilla, y los duendes desaparecieron, ellos viven allá en ese lugar que armamos con nuestro corazón nuestra imaginación nuestro miedos y los libros y los cuentos, o con el portal de las redes especiales para ellos, ahí se conocen como en una enciclopedia una tarjeta de almanaque, después es cuestión de abrir o cerrar los ojos, ellos viven allá, en ese mundo que imaginamos más que en el mundo en que vivimos, y allá están contentos y hacen de las suyas, sin nosotros, allá los vemos, pero por más esfuerzo que hacía esta vez mis ojos estaban abiertos, bien abiertos aunque posiblemente inflamados y enrojecidos como pasa cuando la ingesta de vino es demasiado y demasiado también lo cuarenta grados de calor a las once de la noche, mis ojos bien abiertos pese al hipo y a las arcadas, y ahí estaba el duendecito con su boca grande y una sonrisa también inmensa, que como una media luna le atravesaba la cara llena de cientos de arrugas, en medio de las sombras que salían de ese mango, por los contrastes de oscuridades y luces, con sus manos inmensas sus palmas, señalando las espesura, fue cuando lo vi, un número del mismo tamaño al lado del hombrecito, claro en medio del follaje del árbol que, como un grotesco adorno, ocupaba buena parte del patio de la casa, claramente, un número que pensé jugar a la quiniela.



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